Los santuarios de flamencos de Río Lagartos y Celestún
La luz del amanecer tiñe las lagunas poco profundas de rosa pálido, el silencio solo se rompe por los picos removiendo el agua. Una lancha de madera atraviesa raíces de mangle, un guía local señala un arco distante de miles de flamencos, y por un instante todo parece pintado en una sola tonalidad.
Los visitantes llegan para ver estas concentraciones en dos paisajes distintos: Río Lagartos, al noreste de la península, con salinas y las famosas piscinas rosadas de Las Coloradas; y Celestún, al noroeste, con amplios estuarios y manglares que crean zonas de alimentación tranquilas. Ambos lugares funcionan como destinos turísticos, escenarios de investigación y ejemplos de iniciativas comunitarias de conservación.
Lagunas rosas
En Río Lagartos la estampa es intensa. Las embarcaciones parten al amanecer, rozando salinas cuya tonalidad proviene de microalgas y alta salinidad. Los flamencos se alimentan en las planicies someras, sus largas patas dibujan líneas en el agua. Muchos viajeros combinan la excursión con una visita a Las Coloradas, famosa en internet por sus colores vibrantes.
Celestún propone una escena más sosegada. El estuario se abre en canales amplios bordeados de manglares, y las llanuras someras concentran crustáceos halófilos y algas ricas en pigmentos. Los pescadores del pueblo, a menudo guías, conocen bien las mareas y conducen pequeños grupos a lagunas silenciosas.
No son escenarios inmóviles. Familias de flamencos se acicalan, los juveniles muestran plumaje más apagado, y las exhibiciones de cortejo forman coreografías cerradas. El color rosa es el registro visible de una red trófica viva.
Causas profundas
La recuperación de algunas colonias se explica por acciones locales. En Celestún y Río Lagartos, las comunidades han limitado la caza, regulado las aproximaciones en bote y definido zonas de anidación protegidas. Cooperativas de guías gestionan hoy excursiones reguladas y los ingresos del ecoturismo financian vigilancia y restauración.
La ecología aclara la importancia del lugar. Los flamencos se concentran donde el agua es baja y salada, condiciones que propician abundancia de camarones y algas con carotenoides. Esos carotenoides, presentes en la dieta, son transformados por el ave y producen el color rosado.
Programas de seguimiento reúnen a científicos y voluntarios que cuentan nidos, analizan el éxito reproductivo y monitorizan movimientos estacionales. La ciencia ciudadana está presente; visitantes a menudo comparten mañanas de conteo o observación con investigadores locales.
Equilibrio frágil
A pesar de los avances, existen tensiones. El turismo provee recursos y visibilidad, pero el aumento del tráfico marítimo puede perturbar la alimentación y la reproducción. La cercanía de las salinas de Las Coloradas muestra el contraste: paisajes icónicos creados por la sal pueden alterar el equilibrio cuando la gestión es insuficiente.
El cambio climático añade incertidumbre. La subida del nivel del mar, tormentas más intensas y cambios en el aporte de agua dulce pueden modificar la salinidad y la productividad de las lagunas, con efectos en cascada sobre la cadena alimentaria.
No obstante, hay señales de esperanza. Los planes de manejo se ajustan, códigos de conducta para tours se implementan y algunos operadores financian proyectos de conservación. Como visitante, el gesto más útil es elegir guías responsables, mantener la distancia y apoyar la economía local.
Consejos prácticos: visita en la estación seca, de noviembre a abril, para mejores condiciones; elige la salida al amanecer o al atardecer; lleva binoculares y gafas polarizadas; y prioriza grupos pequeños y cooperativas locales.
Los flamencos de Río Lagartos y Celestún cuentan una historia de alimentación, iniciativas comunitarias y decisiones turísticas. Observalos con respeto y contribuirás a mantener vivas esas lagunas rosadas.
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